Mucha gente llega sin saber muy bien qué se va a encontrar. Con dudas, a veces con la mosca detrás de la oreja por experiencias anteriores, y casi siempre con ganas de que alguien le escuche sin mirar el reloj. Lo primero que hago no es tocar: es preguntar. Cuándo empezó, cómo es exactamente ese dolor, qué lo empeora, qué te ha dejado de dejar hacer. Esa conversación parece el trámite previo y en realidad es donde se decide casi todo, porque marca la diferencia entre aplicarte un tratamiento estándar y plantear uno que tenga sentido para tu caso.
La valoración, el punto de partida
La primera visita la dedico a explorar con calma y a hacer las pruebas que hagan falta para entender qué está pasando. No corro a poner una etiqueta: prefiero construir una imagen completa. El historial cuenta, pero también a qué te dedicas, cuántas horas pasas de pie o sentado, qué deporte haces, cómo estás durmiendo. Muchas veces la explicación de un dolor no está en la zona que duele. Con eso sobre la mesa ya se puede plantear un plan con objetivos claros y, sobre todo, encajable en tu vida real: de poco sirve pautar algo que sé que no vas a poder cumplir.
El trato, cercano y sin tecnicismos
Procuro explicar siempre qué estoy haciendo y por qué, en un idioma que se entienda. No por quedar bien: quien entiende lo que le pasa hace mejor los ejercicios en casa, sabe distinguir una molestia normal de una señal de alarma y no llega a la siguiente sesión con miedo a moverse. Si algo no lo tengo claro, también lo digo. Las dos consultas del barrio de Abando están pensadas para poder trabajar sin prisa, que es la condición para que todo lo anterior sea posible.
El seguimiento, parte esencial del proceso
Lo que pasa entre una sesión y la siguiente importa tanto como la sesión. Por eso voy revisando cómo evoluciona cada caso y ajusto lo que haga falta; si algo no avanza como esperábamos, prefiero replantearlo antes que repetir lo mismo diez semanas. Y para las dudas del día a día —una molestia rara, si conviene parar, cómo se hacía aquel ejercicio— está el WhatsApp: se resuelven en un minuto y evitan semanas perdidas haciendo algo mal por no preguntar.







