En la consulta de Iñigo no se habla de tecnología por el placer de hablar de ella. Se habla de resultados. A lo largo de los años, Iñigo ha ido incorporando técnicas avanzadas a su práctica clínica —no todas a la vez ni por moda, sino conforme las ha estudiado, contrastado y comprobado que aportaban un valor real para sus pacientes. Hoy dispone de herramientas como la ecografía musculoesquelética, las ondas de choque, la diatermia, la punción seca o la electroestimulación. Pero la pregunta que guía cada sesión sigue siendo la misma: ¿qué es lo más útil para esta persona, en este momento?
La tecnología como herramienta, no como escaparate
Disponer de un equipo técnico avanzado no garantiza nada por sí solo. Lo que marca la diferencia es saber cuándo usarlo y cuándo no. Iñigo tiene claro que la terapia manual, una buena valoración o un programa de ejercicio bien pautado pueden ser más eficaces que cualquier máquina, según el caso. La ecografía musculoesquelética, por ejemplo, permite ver en tiempo real estructuras como tendones o músculos, pero su valor real está en que ayuda a tomar decisiones clínicas más precisas. La tecnología guía, no decide. Quien decide, siempre con criterio y formación, es el fisioterapeuta.
Formación continua: aprender para aplicar mejor
Iñigo dedica tiempo y esfuerzo a seguir formándose porque entiende que la evidencia científica evoluciona y que lo que hoy es una buena práctica puede mejorar mañana. Ha formado en técnicas como la punción seca, la terapia manual instrumental o el uso clínico de la radiofrecuencia, y sigue haciéndolo. No desde la soberbia de quien cree que ya lo sabe todo, sino desde la convicción de que cada paciente merece que su fisioterapeuta esté al día. Esa mejora continua no es un eslogan: es la actitud con la que Iñigo afronta cada caso, especialmente los más complejos.
Un enfoque hecho a medida
Cada persona que llega a la consulta trae una historia diferente: un dolor crónico que no cede, una lesión deportiva reciente, una recuperación tras cirugía. Por eso Iñigo no aplica protocolos fijos. La valoración inicial es el punto de partida real: escuchar, explorar, entender. A partir de ahí, se elige el conjunto de técnicas —manuales, instrumentales o tecnológicas— que mejor se adapta a ese problema concreto. Algunos casos responden mejor a ondas de choque; otros, a electroestimulación o a trabajo manual directo. La clave no está en la técnica, sino en el criterio clínico para elegirla.







